viernes, 23 de diciembre de 2016

ENSAYO



     En los tiempos contemporáneos, cuando el estilo de vida que el hombre ha escogido se vuelve tedioso y a la vez exigente, notamos más la necesidad de tener líderes competentes. El estilo de vida que llevamos puede llevarnos a veces a errores de los que posiblemente nunca nos demos cuenta. Al observar en otra persona comportamientos diferentes, líneas de pensamiento que difieran de las nuestras, lo que hace nuestro cerebro (con suerte) es contrastar dichas ideas con las propias, realizar juicio de valor y cuestionarse respecto a ciertos temas. ¿Estamos haciendo lo correcto con nuestras vidas? ¿Me dirijo completamente por las normas sociales? ¿Está este/a hombre/mujer en lo cierto?” “¿Estoy equivocado yo?”.

     Estas son las interrogantes que surgen cuando se escucha hablar a José Alberto Mujica Cordano. El líder número 40 de Uruguay tiene opiniones que cualquier otro político consideraría dos veces antes de airear. Sin embargo, este hombre se ha caracterizado por su sencillez, su humildad, y su peculiar manera de ver el mundo y al individuo. Cree fervientemente en la libertad del ser, la cual se consigue, según él, “haciendo las cosas que a uno le gustan”; preocupándose y cuidando de uno mismo antes de preocuparse por el resto del mundo. Podemos inferir que este proceso de auto ayuda incluye largas sesiones de pensamiento y reflexión, cosas que Mujica realizaba a diario, en las noches, más bien empujado por la soledad. Es curioso reconocer que de haber pasado José Mujica aquellas noches con alguna compañía, su forma de pensar hubiera diferido mucho de lo que ahora es, pues aquel tiempo de escrutinio personal hubiese pasado a segundo plano, dejándole poco espacio al cambio ideológico personal. 

     Asiduo seguidor de Ernesto “Che” Guevara, Pepe Mujica considera que debe existir una coacción social, una reestructuración de los sistemas de trabajo; recompensar por sobre el ciudadano común a la persona que se ha esforzado por ser de alguna utilidad para la sociedad, que de alguna manera son superiores a aquellos que poco o nada han hecho para adaptarse al sistema de globalización. Y sin embargo, resalta que Latinoamérica no es lo que soñó el Che. Es muy diferente a lo que era, la llama “parturienta”, refiriéndose al hecho de que cada vez que uno se da cuenta, hay algo nuevo de lo que aprender y a lo que adaptarse. Considera que la política debe estar constituida por un diálogo bilateral, en el que ambas partes de una discusión sean partícipes reales de una solución o un consenso. Para que esto se dé, Mujica recalca que no se debe caer en la llamada “filosofía de boliche”, que tomamos como charlatanería sin trasfondo con alguna relevancia.

     Sus años de guerrillero le otorgaron una visión de su país que dice sólo tener él. No por ideales revolucionarios ni sueños radicalistas, sino porque la cosas que él ha visto (“pequeñas para el mundo pero grandes para uno”) las ha visto sólo él. Los recuerdos del campo, de la pequeña ciudad, y de su país en general, lo moldearon hasta transformarlo en lo que es. Ese, según él, es el poder del recuerdo. El de formar un hombre. Y por consecuente a un país.Pepe Mujica trata de sobrellevar el capitalismo a varios niveles. No cree que pueda cambiar un país en ese aspecto, pero trata de mantener políticas que le permitan enriquecer a su país. Cuenta que ha dividido su hogar en dos; que en una parte vive un idealista, y en la otra vive el presidente. Sabe que no puede cambiar el mundo. Reconoce también que hay que ser realistas. Y, sin embargo, siendo realistas nos damos cuenta de que el mundo puede ser solo el nuestro, y que siempre puede cambiar para bien. Una muy necesitada visión optimista de los dilemas sobre el propósito de la existencia del ser humano.

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